Iztapalapa revive el viacrucis entre multitudes, dolor y tradición

Martín Aguilar

 

Iztapalapa volvió a convertirse en el corazón de la fe este Viernes Santo, aquí, alrededor de 2 millones de personas se congregaron para disfrutar de esta tradición ahora patrimonio de la humanidad de la Unesco, donde también se reportó un saldo blanco.

 

Desde muy temprano, pero sobre todo al acercarse el mediodía, las calles comenzaron a llenarse de personas que, año con año, acuden a presenciar uno de los momentos más importantes de la Semana Santa, la representación del viacrucis y la crucifixión de Jesús.

 

El calor caía con fuerza. El sol, en su punto más alto, no dio tregua a nadie. Aun así, eso no fue impedimento para que miles de personas se reunieron en distintos puntos de la alcaldía. Familias completas, jóvenes, adultos mayores y niños caminaban entre puestos, sombrillas y vendedores que ofrecían desde agua fresca hasta curiosos periscopios hechos con cajas de chocolate, los cuales se convirtieron en una herramienta improvisada para quienes no alcanzaban a ver entre la multitud. Por 50 pesos, muchos lograban asomarse por encima de las cabezas y captar aunque fuera un instante del recorrido.

 

El ambiente era una mezcla de fiesta popular y recogimiento religioso. Mientras algunos compraban helados o bebidas para soportar el calor, otros caminaban en silencio, atentos al paso de los actores que daban vida a esta representación. No era un evento cualquiera, para muchos, se trataba de un momento espiritual profundo, una tradición que se vive con respeto y emoción.

 

A partir de las 12 del día, los nazarenos comenzaron su recorrido. Vestidos con túnicas moradas, iniciaron sus penitencias cargando cruces de madera que, a simple vista, parecían demasiado pesadas. Sus rostros reflejaban cansancio, pero también determinación. Paso a paso avanzaban por las calles, repitiendo el mismo camino que un día antes habían recorrido junto a la figura de Cristo.

 

Otros nazarenos llevan espinas sobre los hombros, y algunos más portaban coronas que simulaban la de espinas que, según la tradición cristiana, fue colocada sobre la cabeza de Jesús. Conforme avanzaban, el desgaste físico era evidente. Algunos se detenían por momentos, apoyándose en sus cruces, intentando recuperar el aliento antes de continuar. El esfuerzo era real, y eso hacía que la gente observara con aún más respeto.

 

Entre la multitud, las sombrillas se multiplicaban. Eran de todos los colores, rojas, azules, negras. Desde lejos, parecían un mar en movimiento. Sin embargo, también se convirtieron en un obstáculo para quienes estaban más atrás, ya que muchas veces impedían la vista. Aun así, nadie parecía quejarse demasiado; todos entendían que el calor era intenso y que cada quien buscaba la manera de resistirlo.

 

En medio de ese escenario, las historias de los asistentes también formaban parte de la crónica. Una señora, acompañada de su esposo, comentó que no le gustaba ver el viacrucis por televisión. "No es lo mismo", dijo. "Aquí se siente diferente, más real". Sus palabras reflejaban el sentir de muchos que prefieren vivir la experiencia en carne propia.

 

Por otro lado, un joven mencionó que era la primera vez que asistía. Explicó que, al no tener trabajo en ese momento, decidió aprovechar la oportunidad para conocer esta tradición. Su mirada curiosa contrastaba con la de quienes ya habían acudido en años anteriores y sabían exactamente qué esperar.

 

Este año, además, tuvo un significado especial. Fue el primero en que esta representación fue considerada patrimonio cultural, lo que atrajo aún más atención. La afluencia de personas parecía interminable. En cada esquina había alguien vendiendo algo, aguas frescas, gorras, sombrillas, comida, y hasta papalotes que los niños miraban con entusiasmo.

 

Desde puntos elevados, como la Macroplaza, se podía observar la magnitud del evento. Personas subidas en estructuras, otras cargando a sus hijos en los hombros, todas buscando una mejor vista.

 

El momento más esperado comenzó cuando Arnulfo Eduardo Morales Galicia, quien representó a Jesús, tomó la cruz. Ese instante marcó el inicio de una etapa más intensa del recorrido, el camino hacia la crucifixión. Las vallas que separaban a los actores del público no fueron suficientes para contener la emoción de la gente, que buscaba avanzar junto a él, siguiéndolo paso a paso rumbo al Cerro de la Estrella.

 

A lo largo del trayecto, las reacciones del público eran diversas. Los niños observaban con asombro, algunos incluso con confusión. Se escuchaban preguntas como "¿por qué le pegan?" o "¿por qué lo lastiman?", dirigidas a sus padres, quienes intentaban explicar el significado de lo que estaban viendo.

 

Las personas mayores, especialmente mujeres, no podían contener las lágrimas. Para ellas, la representación no era solo un acto simbólico, sino una conexión directa con su fe. Ver el sufrimiento de Jesús, aunque fuera actuado, les generaba una emoción profunda.

 

El recorrido continuó hasta llegar al Cerro de la Estrella, donde ya se encontraban instaladas muchas familias. Algunas habían llegado con anticipación para asegurar un buen lugar. Había tapetes en el suelo, sombrillas bien acomodadas y hasta comida preparada para pasar varias horas ahí, sin olvidar sus refrescos de 3litros para calmar la sed que se sentía bajo ese bochorno.

 

En ese punto, las pantallas jugaron un papel importante. No todos podían ver directamente la representación final, por lo que las transmisiones ayudaban a que nadie se perdiera el momento de la crucifixión. Aun así, el silencio comenzaba a apoderarse del ambiente conforme se acercaba el desenlace, el aire comenzó más fuerte ante la llegada de Jesús, todo parecía que salía de una película pues el ambiente y clima parecía tener una conexión con el suceso.

 

Alrededor, los vendedores seguían ofreciendo sus productos. Aguas, refrescos, frituras y más. También los papalotes seguían volando, captando la atención de los niños, quienes encontraban en ellos una forma de distraerse mientras los adultos permanecían concentrados en la representación.

 

Finalmente, llegó el momento de la crucifixión. El ambiente cambió por completo. El ruido disminuyó y la atención se centró en la escena. Jesús fue colocado en la cruz, mientras los asistentes observaban con respeto. Algunos rezaban, otros simplemente miraban en silencio.

 

El sol seguía presente, pero ya no era el protagonista. La escena, cargada de simbolismo, marcó el cierre de una jornada intensa, tanto física como emocionalmente.

 

Así, Iztapalapa volvió a demostrar por qué esta representación es una de las más importantes del país. No solo por su magnitud, sino por la forma en que logra reunir a miles de personas en torno a una tradición que mezcla fe, cultura y comunidad.

 

Al caer la tarde, poco a poco la gente comenzó a retirarse. Algunos comentaban lo vivido, otros guardaban silencio. Pero todos coincidían en algo: habían sido testigos de un momento único, de esos que se quedan en la memoria y que, año con año, siguen dando sentido a una de las tradiciones más arraigadas de México.


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