Hay políticas públicas que se anuncian… y hay otras que pueden cambiar destinos. La campaña "Chichihualli", presentada por la jefa de Gobierno, Clara Brugada, pertenece -al menos en el papel- a la segunda categoría. Un millón de mastografías en dos años no es menor. Es, de hecho, una de las apuestas más ambiciosas de salud preventiva que haya planteado la Ciudad de México en mucho tiempo. Y no es para menos: el cáncer de mama sigue siendo la principal causa de muerte en mujeres. Solo en la capital, alrededor de 600 mujeres pierden la vida cada año por este padecimiento.
La ecuación es brutalmente clara: detectarlo a tiempo puede elevar la tasa de supervivencia por encima del 90%. En países donde el tamizaje es universal, la mortalidad se reduce hasta en 35%. Ahí está el corazón de esta estrategia. Y ahí también su mayor virtud. Pero también su mayor cuestionamiento.
Porque si el diagnóstico es tan claro… ¿por qué tomó tanto tiempo convertirlo en prioridad?
La inversión de 400 millones de pesos, la compra de mastógrafos móviles, su instalación en Utopías y espacios comunitarios, y el enfoque en mujeres sin seguridad social apuntan en la dirección correcta: acercar la salud a donde está la gente. No esperar a que la gente llegue al sistema. Ese cambio de lógica es, sin duda, uno de los aciertos más relevantes de esta política.
Sin embargo, también expone una deuda histórica. Durante años, la detección oportuna del cáncer de mama no fue política de Estado, sino responsabilidad individual. Autoexplórate, revísate, cuídate… pero sin condiciones reales para hacerlo.
Hoy el gobierno intenta corregir eso. Y hay que decirlo: bien que lo haga. El verdadero reto, sin embargo, no está en los equipos, ni en las cifras, ni en los anuncios. Está en algo mucho más complejo: la cultura. Porque no basta con tener mastógrafos si las mujeres no acuden. No basta con instalar unidades móviles si persisten el miedo, el desconocimiento o el tabú.
Ahí es donde la campaña se juega todo. "Chichihualli", intentara romper esa barrera desde el lenguaje: nombrar el cuerpo, resignificarlo, hablar de él sin vergüenza. Puede parecer un detalle menor, pero en realidad es profundamente político. Porque también en eso se construye salud pública.
Al final, esta estrategia tiene dos lecturas simultáneas. Por un lado, representa un paso firme hacia una ciudad que apuesta por prevenir en lugar de reaccionar. Por el otro, evidencia cuánto tiempo se dejó pasar antes de llegar aquí.
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